El neopreno me oprime el pecho y dificulta mi respiración, las gafas se me clavan en las órbitas, noto cómo la frecuencia cardíaca va aumentando pese a no mover ni un dedo. Los nervios se apoderan de mí. Faltan pocos segundos para mi primer triatlón olímpico. Los que me leéis y habéis hecho un triatlón sabéis de que hablo, ¿verdad? Si no recuerdo mal, creo que es el tercer triatlón de mi vida. Es curioso como el sistema nervioso simpático nos  prepara para “la guerra”. En breves instantes mi cuerpo estará literalmente al límite.

Somos triatletas. A ojos de la sociedad, superhombres y mujeres sanísimos con un estilo de vida envidiable. La realidad es otra. Hacer deporte es sano… muy sano, pero asumimos riesgos de los que muchas veces no somos conscientes.

Recuerdo perfectamente aquel día, el de mi debut en distancia olímpica, un espectacular domingo del mes de mayo en la playa de Gavá y como, al salir del agua, con los mareos típicos del principiante, vi como se movilizaban los equipos sanitarios del evento de una manera característica ante lo que a priori podría ser una alerta de gravedad. Pensé… “Mierda…algo grave ha pasado” y seguí con mi particular vía crucis hasta la T1. Mis sospechas aumentaron al cruzarme con una Unidad de Soporte Vital Avanzado del SEM dónde mis compañeros acudían veloces. Una vez finalizado el triatlón nos informaron de la trágica muerte de un participante. DEP.

No pretendo ser sensacionalista, ni dramatizar sobre el tema, ni crear más alerta de la que ya existe sobre la muerte de deportistas, a priori sanos.

La muerte súbita es algo que está en boca de todo el mundo, y si es en deportistas aún más. Los periódicos y las televisiones muchas veces se ceban con estos dramas. Incluso recuerdo aquel jugador del Sevilla que casi televisaron su muerte en directo.  Particularmente tenía ganas de escribir sobre este escamoso tema del que seguramente, por culpa de mi trabajo, tengo una visión muy diferente al resto de la población.  Antes de continuar quiero dejar claras dos cosas. La primera es que lo que aquí escribo es MI OPINIÓN, la opinión de un enfermero que lleva 16 años trabajando en una UCI móvil del Sistema de Emergencias Médicas de Cataluña y que se ha visto en la tesitura de tener que reanimar a cientos de personas, pero al fin y al cabo… UNA OPINIÓN. Y la segunda es que los datos que pondré son de los últimos artículos y estudios publicados en revista de la Sociedad Española de Cardiología, así que no lo digo yo, lo dice la gente que más sabe del tema.

Cómo deportista amateur de cierto nivel que pone su cuerpo al límite muchas veces, es un tema que me preocupa y seguramente me hago las mismas preguntas que muchos de vosotros. ¿Son evitables las muertes? ¿Me puede pasar a mí?¿Qué pruebas son fiables para detectar una anomalía? ETC

Sin ánimo de crear alarma, es cierto que existen datos que indican que una actividad deportiva intensa incrementa sensiblemente el riesgo de muerte súbita. Tampoco creo que esta afirmación sorprenda a nadie. Esto no quiere decir que la vayamos a palmar en el próximo sprint…jejejeje. Existen una serie de cambios fisiológicos en nuestro cuerpo cuando hacemos ejercicio físico que sumados al estrés de la competición, podrían provocar problemas en corazones enfermos. Creo que este es uno de los temas importantes: ¿Corazones enfermos o corazones sanos? En lo que sí están de acuerdo los expertos es que la causa más frecuente de la muerte súbita es la patología cardiovascular. Así que me atrevería a decir que son corazones enfermos, el problema es que hay enfermedades cardíacas que cuando dan la cara es demasiado tarde.

A modo de información decir que el riesgo de muerte súbita aumenta con la edad, se estima una incidencia de 1/200000/año en menores de 35 años y de 1/18000/año en mayores de 35. Otro dato importante es que en deportistas más jóvenes la causa casi siempre es congénita y en mayores de 35 años la primera causa de muerte es la cardiopatía isquémica (infarto agudo de miocárdio…) dónde el 90% de los casos tenía enfermedad de las arterias coronarías (las encargadas de irrigar el corazón).

El gran problema es: ¿cómo sabemos si tenemos un corazón sano o enfermo?

Está claro que en deportistas “mayores” (+35a) la enfermedad a descartar es la cardiopatía isquémica. Hay cierta controversia entre los expertos de cuáles deberían ser las pruebas diagnósticas más indicadas para cribar posibles casos potenciales, pero parece ser que un electrocardiograma, una prueba de esfuerzo y una ecografía cardiaca tendrían que ser más que recomendables en todo deportista o persona que se inicia en la práctica deportiva, aunque no descarten el 100% de las enfermedades cardíacas.

En resumen… ¿Hay que mirarse? Rotundamente, SI. ¿Nos tenemos que preocupar si hacemos deporte? Si hacemos las cosas bien, rotundamente NO.

Llegados a este punto quería hacer una reflexión. Cómo hemos visto, la primera causa de muerte súbita en deportistas veteranos es la obstrucción de las arterias coronarias, que son las que provocan los infartos de miocardio cuando se tapan. A esta enfermedad estamos expuestos todos, sobre todo los hombres, pero va muy relacionado con el estilo de vida que llevemos y no me refiero al deportivo. La DIETA (el coresterol), el estrés, el tabaco, el alcohol… entre otras cosas, son números de lotería para padecerla. De poco sirve hacerse un electrocardiograma (que no te dirá si tienes placas de ateroma en las arterias) si después no cuidamos nuestra alimentación.

En fin, se muere más gente por estar tumbado todo el día en el sofá que por salir a correr… jejejejeje.

Sin más, creo que tampoco debemos darle más vueltas de lo necesario a este tema. Al igual que cada cierto tiempo renovamos material, cuidamos nuestra bici o nos ponemos en manos de profesionales cuando nos lesionamos,  también tenemos que invertir tiempo y dinero en nuestro corazón y sobretodo en nuestra alimentación y evitar los excesos y conductas insaludables.

Por desgracia, las muertes súbitas no desaparecerán, pero se pueden prevenir muchas.